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ONPE: el ruido castiga al favorito y abre una lectura incómoda

AAndrés Quispe
··7 min de lectura·onperesultados electoraleselecciones perú
blue and white abstract painting — Photo by KOBU Agency on Unsplash

La palabra que más rebota acá no es conteo. Es sospecha. Y cuando un asunto público cae en ese terreno, el tropiezo más común es dar por hecho que el final más escandaloso también será el más probable. Con la ONPE pasa justo eso este miércoles 22 de abril de 2026: el debate en redes, los cuestionamientos a sus autoridades y el arrastre político están empujando a un montón de gente a comprarse una sola idea, que cualquier resultado electoral administrado por una institución golpeada ya nace manchado. Yo, la verdad, no compro ese libreto tan al toque.

Porque una cosa es el desgaste de imagen y otra, bastante distinta, cómo se comporta de verdad un sistema electoral cuando lo aprietan. La encuesta de Ipsos citada en Perú21 sobre la desaprobación a los titulares de la ONPE y del JNE retrata el clima, sí, eso sí. Pero no alcanza por sí sola para definir el rendimiento del proceso. En apuestas se parece mucho a cuando un equipo llega silbado por su propia gente y, aun así, sostiene el plan de juego sin jalarse por completo, que fue más o menos lo que pasó con Perú ante Uruguay en Lima por las Eliminatorias a Qatar: la tribuna venía cargadísima, el ambiente pesaba un montón, pero el trámite acabó siendo mucho más cerrado y táctico de lo que prometía el ruido de antes. No siempre. El ruido adelanta el marcador.

El consenso está yendo demasiado rápido

Lo que casi nadie quiere soltar, o admitir de frente, es esto: en escenarios electorales peruanos, la narrativa de colapso vende más que la de continuidad operativa. La Fiscalía presentó un requerimiento de detención preliminar contra Piero Corvetto y otros funcionarios, según reportó Pasión por el Derecho. Ese dato le cambia el tono a la discusión política, claro que sí. Y también encarece cualquier apuesta emocional a favor del caos, porque el público suele sobrepagar lo escandaloso, lo que hace más bulla, lo que prende al toque en redes. Si uno lleva eso a lógica de mercado, el favorito sentimental pasa a ser el desenlace abrupto; el underdog, en cambio, termina siendo que el proceso entregue resultados dentro de márgenes discutidos, sí, pero funcionales.

Ahí entra mi postura. Incómoda, además. La jugada rara hoy es ir en contra de esa lectura masiva de derrumbe total. No porque la ONPE esté atravesando un momento sereno; escribir eso sería bien ingenuo, casi piña. Va por otro carril. Las instituciones electorales, cuando sienten la lupa encima, suelen trabajar con una rigidez casi obsesiva, como quien no quiere regalar ni medio centímetro. No juegan bonito. Juegan a no fallar. Algo así le pasó a Universitario en la final nacional de 2009 en Matute: no fue una noche de vuelo libre ni de lujo, fue más bien una de bloques cortos, transiciones medidas y un instinto casi áspero para sobrevivir a un ambiente bravísimo. Cuando hay demasiado en juego, muchas veces manda el equipo que achica margen de error, no el que promete espectáculo.

Manifestación frente a un edificio público en una jornada de tensión política
Manifestación frente a un edificio público en una jornada de tensión política

Resultados electorales no es lo mismo que credibilidad plena

Acá conviene separar dos mercados mentales que el debate público está revolviendo como si fueran uno solo. Uno: si la ONPE tiene aprobación. Dos: si puede entregar resultados electorales utilizables. No es lo mismo. El Comercio puso el foco en que no basta con cambiar nombres. Coincido. Pero también siento que la conversación se está saltando un escalón, porque una cosa es renovar autoridades y reconstruir confianza, que son procesos largos y pesados, y otra bastante más concreta, casi de chamba administrativa pura, es sacar adelante un conteo ordenado en una elección específica. Fea. Burocrática. Fría. Y precisamente por eso, a veces aguanta mejor de lo que el clima político deja imaginar.

Si esto fuera una pizarra de apuestas, la mayoría estaría metiéndole ficha al “todo sale mal” porque paga en validación emocional. Suena fuerte. Corre rápido. Junta conversación. A mí me parece una cuota tramposa, tramposa de verdad. En partidos calientes, la gente suele quedarse con la última imagen y no con el desarrollo completo. En política pasa algo muy parecido. El fin de semana pasado, si uno se daba una vuelta por tendencias y discusiones en redes, la indignación estaba por encima del dato duro, y eso importa porque las redes sirven para medir temperatura, no para contar votos, aunque a veces se las quiera usar para ambas cosas. Esa diferencia. Chiquita en apariencia. Te cambia todo el pronóstico.

No me olvido del 2011, cuando la tensión electoral partió mesas familiares enteras y cada avance del conteo se leía como si fuera un gol en tiempo añadido. En el Perú, los resultados electorales no se consumen: se padecen. Eso pesa. También sesga. Nos empuja a pensar que cada elección es una copia exacta de la más traumática. Y no. No da. A veces el partido se parece mucho más a un 0-0 feo en el Nacional que a una remontada imposible.

La apuesta contraria: menos colapso del que se está comprando

Voy a decirlo sin tanta vuelta: si alguien está “apostando” simbólicamente por escenarios sobre los resultados electorales de la ONPE, el lado menos popular hoy es el más defendible. No hablo de confianza ciega, para nada. Hablo de funcionalidad mínima. Que haya retrasos, impugnaciones, reclamos y ruido mediático entra dentro de lo esperable. Que eso desemboque necesariamente en un quiebre total del proceso ya me parece otra cosa. Y esa otra cosa, mmm, está sobrecomprada.

Hay un detalle táctico que me empuja a leerlo así. Cuando una entidad queda bajo fuego político y judicial, su comportamiento operativo cambia: menos flexibilidad, más protocolo, menos margen para improvisar sobre la marcha. Eso puede volver el proceso más lento, incluso más torpe de cara a la tribuna, pero también reduce la exposición al error visible, que al final es el que más se castiga cuando todo el mundo está esperando una caída. En términos futboleros, es el central que deja de salir limpio y empieza a rifarla a la tribuna del Rímac para no perder una pelota prohibida. No enamora. Pero suma supervivencia.

Lo que sí tendría cuidado de comprar

Tampoco me compra el extremo opuesto. Apostar por una recuperación inmediata de credibilidad sería leer mal este momento. La desaprobación mencionada por Ipsos no es decorativa; marca un piso de desconfianza real, bien real. Y ese piso va a seguir pesando en la manera en que se reciban los resultados, incluso si el conteo sale ordenado. Una cosa es que el resultado exista. Otra muy distinta, que convenza. Ahí. En esa grieta, se va a jugar buena parte del debate de las próximas semanas.

Por eso mi lectura contraria no es optimista, sino fría, casi seca. El underdog no es la paz institucional. No es eso. El underdog es algo bastante más áspero: que la ONPE consiga producir resultados electorales sin que se materialice el escenario más catastrófico. Suena poco romántico. Ya pues, justo por eso vale. El consenso está corriendo hacia el abismo como si el partido ya estuviera 3-0 al descanso, y yo todavía veo un encuentro trabado, con fricción, con reclamos, con tribuna nerviosa y arbitraje discutido, pero jugándose igual, igual.

Tribuna tensa en un estadio iluminado durante un partido nocturno
Tribuna tensa en un estadio iluminado durante un partido nocturno

En FutbolHoy, cuando un tema se vuelve tendencia de más de 10000 búsquedas, la tentación natural es subirse a la ola. Yo prefiero mirar quién se está quedando solo al otro lado. Esta vez, el menos querido no es un candidato ni una autoridad: es la posibilidad de que, pese al castigo político, los resultados salgan y el país termine discutiendo otra cosa. Si esa lectura se impone, más de uno va a descubrir que confundió furia con probabilidad.

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